Las interacciones
entre el cliente y la empresa constituyen el núcleo del
conocido concepto CRM, siendo el momento álgido aquél
en el que se materializa absolutamente todo: la comunicación
eficaz de un mensaje, la venta de un producto o la prestación
de un servicio. Pues bien, toda interacción entre la empresa
y el cliente se convierte para éste en una experiencia,
que le puede servir a resultas para lograr su fidelización.
Si no se consigue aprender del trato directo con el cliente y
de estas experiencias nos puede ocurrir justo lo contrario, perderlo.
En el trato
con las personas se perciben siempre dos vertientes la racional
y la emocional y en el ámbito de las empresas ocurre exactamente
lo mismo. En la percepción racional entran en juego los
componentes profesionales puros es decir la percepción
directa sobre el producto y/o servicio y el análisis completo
de sus ventajas; por el contrario, el componente emocional se
relaciona más con la percepción del cliente sobre
nosotros, en un ámbito mucho más inmaterial e intangible
pero que en muchas ocasiones influye mucho más que el aspecto
racional o material de nuestros productos. La empresa percibe
otros valores en esta vertiente emocional que pesan lo suyo: honestidad,
honradez, sensatez y en definitiva confianza, algo fundamental
en la práctica empresarial pero intangible. Si a esto le
añadimos las experiencias vividas que surgen de las interacciones
entre empresa y cliente podemos llegar al final del camino a la
tan ansiada fidelización del cliente o por el contrario
incurrir en su pérdida por no saber apreciar en su justa
medida las experiencias vividas y surgidas de dicha interacción
y aquí radica el quid de la cuestión.